Karina: Una morena de 32 años alquiló una pequeña casa en el lago con dos amigas y, después de una noche de vinos, hicieron un pacto de mosqueteras: o las tres se bañaban desnudas por la noche, o ninguna lo hacía. Media hora después, las tres estaban dentro del agua hasta los hombros, negándose a ser la primera en salir porque su ropa había quedado a veinte metros, en la orilla vacía. Entonces apareció una persona con una linterna cerca de sus cosas y su divertido desafío se convirtió de repente en una auténtica prueba de nervios.
¡Una, dos, tres!
Ninguna se movió.
Las tres estábamos metidas en el lago oscuro hasta los hombros, mirando nuestra ropa tirada a unos veinte metros, en la orilla. Marta me miraba con reproche. Eva miraba a Marta. Comprendí que nuestro glorioso pacto de una para todas y todas para una se había convertido en una competición para ver quién aguantaba más tiempo en el agua con tal de no ser la primera en salir.
Y cuarenta minutos antes, todo había parecido una idea brillante. Las tres habíamos alquilado una casita junto al lago para pasar el fin de semana, por la noche abrimos unas botellas de vino, nos sentamos en la terraza y acabamos llegando a esa eterna pregunta: ¿qué locura serías capaz de hacer? Por alguna razón, dije que yo podía bañarme desnuda por la noche sin problema.
Eva enseguida estuvo de acuerdo. Marta, la más tímida de las tres, preguntó con desconfianza si hablábamos en serio. Para que luego nadie pudiera echarse atrás, inventamos una regla: o vamos las tres, o no va ninguna. Un cuarto de hora después ya estábamos en la orilla desierta, quitándonos la ropa. Cuando se oyeron unas voces a lo lejos, de repente se me enfriaron las palmas de las manos. ¿Se iba a acabar nuestra alianza de mosqueteras antes siquiera de entrar al agua?
No se acabó.
Dejamos todo junto sobre una manta.
Yo fui la primera en quitarme lo último que llevaba puesto y de inmediato me sentí mucho menos convincente que en la terraza.
Chicas, al agua. Rápido.
Das órdenes porque tú ya estás desnuda, dijo Eva.
Marta se quedó allí abrazada a su ropa y mirándonos como si estuviera eligiendo entre la amistad y el exilio.
Pero luego también se desnudó.
Y echamos a correr.
Los primeros segundos fueron puros gritos.
Después llegaron los reproches.
¡Está helada!
¡Dijiste que estaba buena!
¡Durante el día estaba buena!
¡Pero ahora es de noche!
Nuestra lógica funcionaba a un nivel bastante básico, pero a esas alturas ya era tarde para dar marcha atrás.
Nos adentramos más.
Y entonces se volvió maravilloso.
De verdad maravilloso.
El agua solo estaba fría cerca de la orilla; más adentro era suave y casi cálida. La oscuridad cubría el lago y en la orilla opuesta brillaban unas pocas luces. La brisa apenas nos rozaba los hombros mojados.
Me dejé flotar boca arriba.
Al cabo de unos minutos, esa extraña sensación de tener que taparme urgentemente desapareció. En la oscuridad, mi cuerpo dejó de sentirse como algo que tenía que controlar a cada segundo.
Eva nadaba en círculos.
Marta se reía.
Pensé: ¿por qué nos había dado tanto miedo esto al principio?
Entonces Eva dijo:
Yo ya salgo.
Marta respondió al instante:
Solo después de ti.
¿Por qué después de mí?
Porque tú has sido la primera en querer salir.
Yo intervine:
No. Entramos juntas. Salimos juntas.
Sonó muy noble.
En realidad, ninguna quería ser la primera en recorrer esos veinte metros hasta nuestra ropa.
En el agua nos sentíamos protegidas. Solo teníamos la cabeza y los hombros fuera.
Pero volver a la orilla significaba un desfile ceremonial.
Y, por supuesto, fue justo entonces cuando aparecieron unas luces a lo lejos.
Y voces.
Las tres nos hundimos un poco más en el agua al mismo tiempo.
Perfecto, susurró Marta. Ahora vivimos aquí hasta octubre.
Empezaron las negociaciones.
Eva propuso echarlo a suertes.
Marta lo llamó traición.
Yo propuse contar hasta tres y salir a la vez.
Contamos.
Nadie se movió.
Lo intentamos de nuevo.
¡Una, dos, tres!
Seguíamos allí plantadas.
Me entró la risa.
La situación era magnífica: tres mujeres adultas se habían desnudado voluntariamente, habían ido a un lago de noche y se estaban bañando tan tranquilas sin ropa, pero veinte metros de orilla vacía se habían convertido de pronto en nuestro Everest psicológico.
Entonces apareció la linterna.
El haz se movía entre los árboles.
Luego por la orilla.
Luego justo al lado de nuestra manta.
Las tres nos apretujamos al instante.
Sentí que el corazón se me subía a la garganta.
Ya está, susurró Eva. Nos van a robar los vestidos y nos quedaremos convertidas en sirenas hasta la mañana.
La linterna se detuvo cerca de nuestras cosas.
Una mujer salió de la oscuridad.
Una mujer adulta, con pantalones cortos y chaqueta.
Miró hacia nosotras.
Nos quedamos paralizadas.
Se acercó al agua y preguntó, en el tono más normal del mundo:
Chicas, ¿habéis visto por aquí a un terrier pequeño?
Silencio.
Ninguna esperaba una pregunta tan absolutamente normal.
Miré a Eva.
Eva miró a Marta.
Marta respondió automáticamente:
No, pero si lo vemos te lo guardamos.
La mujer nos dio las gracias y se alejó, iluminando los arbustos con la linterna.
Durante unos segundos no dijimos nada.
Y luego nos dio un ataque de risa tan fuerte que apenas podía mantenerme a flote.
Eso era todo.
Nuestra aterradora testigo misteriosa resultó ser una mujer a la que no le interesábamos en absoluto.
Solo buscaba a su perro.
Y entonces pasó algo inesperado.
Marta —sí, Marta, la que media hora antes había sido la última en desnudarse— se irguió.
Bien, mosqueteras. Yo voy.
Y salió del agua.
Eva y yo nos quedamos en silencio.
Marta se dirigió tranquilamente hacia la manta.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
El agua le corría por el cuerpo y el viento le movía el pelo.
Nadie salió de entre los arbustos.
El cielo no se vino abajo.
Eva me miró.
Estamos perdiendo contra Marta.
Eso era inaceptable.
Corrimos tras ella.
Y fue entonces cuando el miedo desapareció por fin.
No sé qué provocó exactamente el cambio: si la mujer del terrier, el valor de Marta o el hecho de que ya hacíamos tanto el ridículo que no quedaba nada de lo que avergonzarse.
Llegamos a la manta.
Y nadie se apresuró a vestirse.
Esa fue la parte más sorprendente.
Nos quedamos allí de pie en la orilla, secándonos el pelo mojado, riendo, discutiendo sobre quién había saboteado la cuenta de tres dos veces.
El aire de la noche me enfriaba la piel, la brisa me ponía la piel de gallina, pero por dentro sentía el calor de la adrenalina.
Y de repente lo entendí: durante los últimos veinte minutos, en realidad no habíamos tenido miedo de que alguien nos viera.
Habíamos tenido miedo de ser la primera.
En cuanto Marta dio ese paso, todo el problema desapareció.
Volvimos a casa todavía comentando la Operación Terrier.
A la mañana siguiente me despertaron las notificaciones.
Nuestro chat de grupo ya no se llamaba El lago.
Su nuevo nombre era:
Una para todas, pero Marta sale primero.
Debajo había un mensaje de Marta:
Revancha esta noche. Esta vez sin diplomacia.
Me quedé tumbada sonriendo.
Después de aquella noche, me siento mucho más a gusto con mi propio cuerpo. Me encanta la sensación del agua sin tela, el aire fresco sobre la piel mojada y, sobre todo, ese momento en el que dejas de mirarte desde fuera y simplemente nadas.
Definitivamente quiero repetir.
Y también me encantaría conocer a otras personas adultas con la misma mentalidad.
Pero si volvemos a ser tres, propongo cambiar la regla.
Una para todas.
Todas para una.
Y Marta sigue saliendo primera.
Ninguna se movió.
Las tres estábamos metidas en el lago oscuro hasta los hombros, mirando nuestra ropa tirada a unos veinte metros, en la orilla. Marta me miraba con reproche. Eva miraba a Marta. Comprendí que nuestro glorioso pacto de una para todas y todas para una se había convertido en una competición para ver quién aguantaba más tiempo en el agua con tal de no ser la primera en salir.
Y cuarenta minutos antes, todo había parecido una idea brillante. Las tres habíamos alquilado una casita junto al lago para pasar el fin de semana, por la noche abrimos unas botellas de vino, nos sentamos en la terraza y acabamos llegando a esa eterna pregunta: ¿qué locura serías capaz de hacer? Por alguna razón, dije que yo podía bañarme desnuda por la noche sin problema.
Eva enseguida estuvo de acuerdo. Marta, la más tímida de las tres, preguntó con desconfianza si hablábamos en serio. Para que luego nadie pudiera echarse atrás, inventamos una regla: o vamos las tres, o no va ninguna. Un cuarto de hora después ya estábamos en la orilla desierta, quitándonos la ropa. Cuando se oyeron unas voces a lo lejos, de repente se me enfriaron las palmas de las manos. ¿Se iba a acabar nuestra alianza de mosqueteras antes siquiera de entrar al agua?
No se acabó.
Dejamos todo junto sobre una manta.
Yo fui la primera en quitarme lo último que llevaba puesto y de inmediato me sentí mucho menos convincente que en la terraza.
Chicas, al agua. Rápido.
Das órdenes porque tú ya estás desnuda, dijo Eva.
Marta se quedó allí abrazada a su ropa y mirándonos como si estuviera eligiendo entre la amistad y el exilio.
Pero luego también se desnudó.
Y echamos a correr.
Los primeros segundos fueron puros gritos.
Después llegaron los reproches.
¡Está helada!
¡Dijiste que estaba buena!
¡Durante el día estaba buena!
¡Pero ahora es de noche!
Nuestra lógica funcionaba a un nivel bastante básico, pero a esas alturas ya era tarde para dar marcha atrás.
Nos adentramos más.
Y entonces se volvió maravilloso.
De verdad maravilloso.
El agua solo estaba fría cerca de la orilla; más adentro era suave y casi cálida. La oscuridad cubría el lago y en la orilla opuesta brillaban unas pocas luces. La brisa apenas nos rozaba los hombros mojados.
Me dejé flotar boca arriba.
Al cabo de unos minutos, esa extraña sensación de tener que taparme urgentemente desapareció. En la oscuridad, mi cuerpo dejó de sentirse como algo que tenía que controlar a cada segundo.
Eva nadaba en círculos.
Marta se reía.
Pensé: ¿por qué nos había dado tanto miedo esto al principio?
Entonces Eva dijo:
Yo ya salgo.
Marta respondió al instante:
Solo después de ti.
¿Por qué después de mí?
Porque tú has sido la primera en querer salir.
Yo intervine:
No. Entramos juntas. Salimos juntas.
Sonó muy noble.
En realidad, ninguna quería ser la primera en recorrer esos veinte metros hasta nuestra ropa.
En el agua nos sentíamos protegidas. Solo teníamos la cabeza y los hombros fuera.
Pero volver a la orilla significaba un desfile ceremonial.
Y, por supuesto, fue justo entonces cuando aparecieron unas luces a lo lejos.
Y voces.
Las tres nos hundimos un poco más en el agua al mismo tiempo.
Perfecto, susurró Marta. Ahora vivimos aquí hasta octubre.
Empezaron las negociaciones.
Eva propuso echarlo a suertes.
Marta lo llamó traición.
Yo propuse contar hasta tres y salir a la vez.
Contamos.
Nadie se movió.
Lo intentamos de nuevo.
¡Una, dos, tres!
Seguíamos allí plantadas.
Me entró la risa.
La situación era magnífica: tres mujeres adultas se habían desnudado voluntariamente, habían ido a un lago de noche y se estaban bañando tan tranquilas sin ropa, pero veinte metros de orilla vacía se habían convertido de pronto en nuestro Everest psicológico.
Entonces apareció la linterna.
El haz se movía entre los árboles.
Luego por la orilla.
Luego justo al lado de nuestra manta.
Las tres nos apretujamos al instante.
Sentí que el corazón se me subía a la garganta.
Ya está, susurró Eva. Nos van a robar los vestidos y nos quedaremos convertidas en sirenas hasta la mañana.
La linterna se detuvo cerca de nuestras cosas.
Una mujer salió de la oscuridad.
Una mujer adulta, con pantalones cortos y chaqueta.
Miró hacia nosotras.
Nos quedamos paralizadas.
Se acercó al agua y preguntó, en el tono más normal del mundo:
Chicas, ¿habéis visto por aquí a un terrier pequeño?
Silencio.
Ninguna esperaba una pregunta tan absolutamente normal.
Miré a Eva.
Eva miró a Marta.
Marta respondió automáticamente:
No, pero si lo vemos te lo guardamos.
La mujer nos dio las gracias y se alejó, iluminando los arbustos con la linterna.
Durante unos segundos no dijimos nada.
Y luego nos dio un ataque de risa tan fuerte que apenas podía mantenerme a flote.
Eso era todo.
Nuestra aterradora testigo misteriosa resultó ser una mujer a la que no le interesábamos en absoluto.
Solo buscaba a su perro.
Y entonces pasó algo inesperado.
Marta —sí, Marta, la que media hora antes había sido la última en desnudarse— se irguió.
Bien, mosqueteras. Yo voy.
Y salió del agua.
Eva y yo nos quedamos en silencio.
Marta se dirigió tranquilamente hacia la manta.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
El agua le corría por el cuerpo y el viento le movía el pelo.
Nadie salió de entre los arbustos.
El cielo no se vino abajo.
Eva me miró.
Estamos perdiendo contra Marta.
Eso era inaceptable.
Corrimos tras ella.
Y fue entonces cuando el miedo desapareció por fin.
No sé qué provocó exactamente el cambio: si la mujer del terrier, el valor de Marta o el hecho de que ya hacíamos tanto el ridículo que no quedaba nada de lo que avergonzarse.
Llegamos a la manta.
Y nadie se apresuró a vestirse.
Esa fue la parte más sorprendente.
Nos quedamos allí de pie en la orilla, secándonos el pelo mojado, riendo, discutiendo sobre quién había saboteado la cuenta de tres dos veces.
El aire de la noche me enfriaba la piel, la brisa me ponía la piel de gallina, pero por dentro sentía el calor de la adrenalina.
Y de repente lo entendí: durante los últimos veinte minutos, en realidad no habíamos tenido miedo de que alguien nos viera.
Habíamos tenido miedo de ser la primera.
En cuanto Marta dio ese paso, todo el problema desapareció.
Volvimos a casa todavía comentando la Operación Terrier.
A la mañana siguiente me despertaron las notificaciones.
Nuestro chat de grupo ya no se llamaba El lago.
Su nuevo nombre era:
Una para todas, pero Marta sale primero.
Debajo había un mensaje de Marta:
Revancha esta noche. Esta vez sin diplomacia.
Me quedé tumbada sonriendo.
Después de aquella noche, me siento mucho más a gusto con mi propio cuerpo. Me encanta la sensación del agua sin tela, el aire fresco sobre la piel mojada y, sobre todo, ese momento en el que dejas de mirarte desde fuera y simplemente nadas.
Definitivamente quiero repetir.
Y también me encantaría conocer a otras personas adultas con la misma mentalidad.
Pero si volvemos a ser tres, propongo cambiar la regla.
Una para todas.
Todas para una.
Y Marta sigue saliendo primera.
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