Miranda: En una playa de nudismo opcional, una confusión de bolsas acaba en una carrera con un desconocido para rescatar un pato de goma.
—A menos que tú también hayas traído galletas de emergencia, esa es la mía —dijo el hombre cuando recogí de la arena una bolsa estanca naranja. Mi toalla estaba justo al lado de la suya y, al parecer, yo había decidido que todo lo naranja me pertenecía. Miré en el bolsillo exterior, encontré una galleta envuelta en lugar de la ficha de mi taquilla y se la devolví. Por desgracia, mi bolsa, idéntica a la suya, ya le colgaba de la muñeca.
Siguió mi mirada y su sonrisa perdió algo de seguridad.
—En mi defensa, diré que la tuya estaba al lado de mi mochila.
Estábamos en la zona oficialmente habilitada para el nudismo opcional, donde yo me sentía perfectamente cómoda desnuda, pero al parecer era incapaz de reconocer mis propias cosas. Me pasó mi bolsa, le devolví la suya y ahí debería haber terminado todo. Entonces dije que podía demostrar que mi equipo de emergencia era mejor.
La abrí para enseñarle una ficha de taquilla y un pato de goma que llevaba sujeto al llavero con un enganche desmontable. Se asomó sin acercarse demasiado y luego me miró a los ojos con una sonrisa que me gustó más de lo que aquella situación justificaba.
—¿Sirve para pedir ayuda? —preguntó.
Solté el pato y lo dejé en equilibrio sobre la bolsa mientras le explicaba que vigilaba mis cosas sin aportar absolutamente nada.
Extendió la mano, con la palma abierta, para inspeccionarlo, y yo, en vez de darle el pato sin más, incliné la bolsa hacia él. El pato resbaló, intenté cogerlo y, con la muñeca, volqué la bolsa de lado. La ficha cayó a salvo sobre mi toalla; el pato bajó dando botes por la pendiente de arena compacta hacia el agua. Los dos nos dimos la vuelta y echamos a correr, dejando nuestras pertenencias supuestamente impermeables en un lugar de lo más seco y sensato.
Llegué primero a la orilla y planté los pies a ambos lados del pato, que enseguida pasó flotando entre ellos. Él se acercó por mi izquierda justo cuando yo giraba y chocamos hombro con hombro, levantando un ridículo abanico de agua. Ninguno se cayó, pero mi intento de recoger el pato lo mandó directamente hacia él. Lo atrapó entre las dos manos y lo levantó mientras yo, a su lado y chorreando, daba una única palmada de aplauso sin más público que él.
—Evacuación completada con éxito —dijo, depositándolo en mi mano.
Le dije que el pato había pedido permiso para bajar a tierra, no que se movilizara todo un equipo de rescate. Se rio, luego me miró el hombro y me preguntó si me había hecho daño con el choque. No me había dolido, y me gustó que lo comprobara en vez de tomarse todo aquello como una invitación a acercarse más. Cuando le propuse volver juntos, se adaptó a mi paso en lugar de salir disparado.
De vuelta en las toallas, enganché el pato al llavero y tiré de él con una seriedad innecesaria para comprobar que estaba bien sujeto. Nos sentamos cada uno en su toalla y hablamos de los fallos prácticos de las bolsas de playa, lo que resultó ser una forma sorprendentemente eficaz de coquetear. Cuando me ofreció la galleta que le quedaba, acepté y acerqué un poco mi toalla, dejando entre nosotros una cómoda franja de arena. Las bolsas naranjas se quedaron en extremos opuestos, bajo estricta vigilancia.
Más tarde, mientras recogía mis cosas, él sacó algo del pequeño hueco que había dejado su toalla en la arena: el capuchón de plástico del enganche de mi pato. Debía de habérseme caído mientras hacía la demostración de mi excelente sistema de seguridad. Me lo puso en la mano y dijo:
—Tu vigilante se ha dejado el sombrero.
Volví a colocar el capuchón en el enganche, le pregunté si al día siguiente estaría en el mismo tramo de playa y recibí un sí de lo más rotundo. Entonces levanté el pato y le dije que tenía permiso para bajar a tierra, pero solo si él traía las galletas.
Siguió mi mirada y su sonrisa perdió algo de seguridad.
—En mi defensa, diré que la tuya estaba al lado de mi mochila.
Estábamos en la zona oficialmente habilitada para el nudismo opcional, donde yo me sentía perfectamente cómoda desnuda, pero al parecer era incapaz de reconocer mis propias cosas. Me pasó mi bolsa, le devolví la suya y ahí debería haber terminado todo. Entonces dije que podía demostrar que mi equipo de emergencia era mejor.
La abrí para enseñarle una ficha de taquilla y un pato de goma que llevaba sujeto al llavero con un enganche desmontable. Se asomó sin acercarse demasiado y luego me miró a los ojos con una sonrisa que me gustó más de lo que aquella situación justificaba.
—¿Sirve para pedir ayuda? —preguntó.
Solté el pato y lo dejé en equilibrio sobre la bolsa mientras le explicaba que vigilaba mis cosas sin aportar absolutamente nada.
Extendió la mano, con la palma abierta, para inspeccionarlo, y yo, en vez de darle el pato sin más, incliné la bolsa hacia él. El pato resbaló, intenté cogerlo y, con la muñeca, volqué la bolsa de lado. La ficha cayó a salvo sobre mi toalla; el pato bajó dando botes por la pendiente de arena compacta hacia el agua. Los dos nos dimos la vuelta y echamos a correr, dejando nuestras pertenencias supuestamente impermeables en un lugar de lo más seco y sensato.
Llegué primero a la orilla y planté los pies a ambos lados del pato, que enseguida pasó flotando entre ellos. Él se acercó por mi izquierda justo cuando yo giraba y chocamos hombro con hombro, levantando un ridículo abanico de agua. Ninguno se cayó, pero mi intento de recoger el pato lo mandó directamente hacia él. Lo atrapó entre las dos manos y lo levantó mientras yo, a su lado y chorreando, daba una única palmada de aplauso sin más público que él.
—Evacuación completada con éxito —dijo, depositándolo en mi mano.
Le dije que el pato había pedido permiso para bajar a tierra, no que se movilizara todo un equipo de rescate. Se rio, luego me miró el hombro y me preguntó si me había hecho daño con el choque. No me había dolido, y me gustó que lo comprobara en vez de tomarse todo aquello como una invitación a acercarse más. Cuando le propuse volver juntos, se adaptó a mi paso en lugar de salir disparado.
De vuelta en las toallas, enganché el pato al llavero y tiré de él con una seriedad innecesaria para comprobar que estaba bien sujeto. Nos sentamos cada uno en su toalla y hablamos de los fallos prácticos de las bolsas de playa, lo que resultó ser una forma sorprendentemente eficaz de coquetear. Cuando me ofreció la galleta que le quedaba, acepté y acerqué un poco mi toalla, dejando entre nosotros una cómoda franja de arena. Las bolsas naranjas se quedaron en extremos opuestos, bajo estricta vigilancia.
Más tarde, mientras recogía mis cosas, él sacó algo del pequeño hueco que había dejado su toalla en la arena: el capuchón de plástico del enganche de mi pato. Debía de habérseme caído mientras hacía la demostración de mi excelente sistema de seguridad. Me lo puso en la mano y dijo:
—Tu vigilante se ha dejado el sombrero.
Volví a colocar el capuchón en el enganche, le pregunté si al día siguiente estaría en el mismo tramo de playa y recibí un sí de lo más rotundo. Entonces levanté el pato y le dije que tenía permiso para bajar a tierra, pero solo si él traía las galletas.
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