Giselle: Creía que aquel desconocido tan atractivo de la playa naturista se limitaba a imitar mis pequeñas costumbres, hasta que los dos corrimos desnudos al agua detrás de la misma chancla y descubrimos quién se había estado fijando en quién.
De pronto, mi chancla izquierda salió disparada y empezó a flotar por la orilla. Me levanté de un salto de la toalla y corrí tras ella, olvidándome por completo de que no llevaba nada puesto. Pero lo más interesante ocurrió un segundo después: el hombre de la toalla de al lado echó a correr exactamente al mismo tiempo. Los dos fuimos hacia el agua desde direcciones opuestas y, al encontrarnos donde rompían las olas, casi nos dimos un cabezazo. Él frenó la chancla con el pie, yo la agarré con la mano y acabamos frente a frente, completamente empapados y desnudos, intentando los dos contener la risa.
Lo cierto es que llevaba varias horas en aquella playa naturista y me sentía de lo más a gusto. Cerca había parejas adultas tomando el sol, gente nadando y otras personas charlando. La desnudez había dejado de preocuparme hacía rato. Pero aquel hombre en concreto cambiaba un poco las cosas. Se llamaba Niels y me había fijado en él porque tenía la curiosa costumbre de golpear cada chancla dos veces contra una piedra plana antes de acercarse al agua. Una vez imité el gesto, simplemente para quitarles la arena, y lo pillé sonriendo. Después me di cuenta de que había empezado a mirar hacia donde estaba él a propósito antes de ir a nadar.
Todo había empezado como un jueguecito de lo más inocente. Nuestras toallas estaban a unos pasos de distancia y no parábamos de cruzarnos en la orilla. Yo daba dos golpecitos con las chanclas contra la piedra y él respondía con el mismo gesto. A veces empezaba él; otras, yo. Un día le pregunté si aquello era alguna clase de señal secreta del lugar. «Solo si quieres quitarles la arena», respondió Niels. Pero su sonrisa dejaba clarísimo que aquello ya no iba solo de arena.
Me gustaba que no intentara hacerse el Casanova de la playa. Charlaba con naturalidad, me miraba directamente a los ojos y, de vez en cuando, me lanzaba una breve mirada de admiración que me recordaba de golpe que estaba allí delante de él sin nada de ropa. Lo más gracioso era darme cuenta de cómo estaba cambiando mi propio comportamiento. Empecé a entretenerme un poco más junto al agua, a arreglarme el pelo aunque ya estuviera mojado y a fingir que elegir un sitio para nadar justo al lado de su toalla era pura casualidad.
Y entonces llegó aquella ola absurda. Había dejado las chanclas justo por encima de la marca de la arena mojada y me había metido en el agua para enjuagarme los pies cuando una pequeña ola se llevó la izquierda. Se fue flotando por la orilla como un barquito al que le urgiera encontrar un nuevo hogar. Solté un gritito y salí corriendo detrás. Niels ya corría por la parte más alta de la playa, intentando interceptar la chancla fugitiva. Yo avanzaba por el agua poco profunda levantando mucho los pies, mientras él se acercaba por un lado. En un momento dado, los dos giramos exactamente a la vez, chocamos con los hombros y levantamos tal salpicón que cualquiera habría dicho que estábamos rescatando un barco a punto de hundirse y no una chancla barata de goma.
Niels la frenó con el pie y la recogió con una expresión de triunfo absoluto. Yo estaba delante de él, con el cuerpo empapado, el pelo algo revuelto y la respiración agitada por nuestra pequeña carrera. El agua me resbalaba por la piel y, de pronto, la brisa me recordó que no llevaba absolutamente nada puesto. Niels me entregó el premio, pero no pudo evitar sonreír. «Sabes, estoy empezando a pensar que dejas tus cosas cerca del agua a propósito para que yo salga corriendo detrás». Le dije que tenía una opinión bastante exagerada de sus dotes de socorrista. «Y, aun así, tú siempre te las arreglas para estar cerca», señaló.
Fue entonces cuando descubrimos lo más gracioso de toda la historia. Admití que me había fijado en su ritual de las chanclas hacía tiempo y que había empezado a imitarlo a propósito. Niels se rio y confesó que llevaba días esperando a ver si lo repetía. Por lo visto, los dos habíamos estado pendientes del otro, los dos nos habíamos inventado pequeñas excusas para coincidir y los dos habíamos dado por hecho que el otro estaba allí por pura casualidad. Lo miré y le dije: «¿O sea que de verdad llevamos todo este tiempo coqueteando a través de unas chanclas?». Él asintió. «Y, a juzgar por la actuación de hoy, con bastante éxito».
Volvimos a nuestras toallas, pero ya no quedaba aquella pequeña franja de arena entre nosotros. Niels propuso dar un paseo por la orilla antes de volver a casa. Acepté y caminamos uno al lado del otro, rozándonos los hombros de vez en cuando. Cuando llegó la hora de irnos, cada uno recogió sus chanclas y les dio dos golpecitos contra la piedra. Yo lo miré, él me miró y los dos nos echamos a reír.
Ahora tenemos nuestra propia señal para ponernos en marcha juntos. Aunque a veces todavía miro hacia donde está él antes de dar los golpecitos con las chanclas. Simplemente me gusta comprobar si mi socorrista de playa favorito está listo para otra emergencia.
Lo cierto es que llevaba varias horas en aquella playa naturista y me sentía de lo más a gusto. Cerca había parejas adultas tomando el sol, gente nadando y otras personas charlando. La desnudez había dejado de preocuparme hacía rato. Pero aquel hombre en concreto cambiaba un poco las cosas. Se llamaba Niels y me había fijado en él porque tenía la curiosa costumbre de golpear cada chancla dos veces contra una piedra plana antes de acercarse al agua. Una vez imité el gesto, simplemente para quitarles la arena, y lo pillé sonriendo. Después me di cuenta de que había empezado a mirar hacia donde estaba él a propósito antes de ir a nadar.
Todo había empezado como un jueguecito de lo más inocente. Nuestras toallas estaban a unos pasos de distancia y no parábamos de cruzarnos en la orilla. Yo daba dos golpecitos con las chanclas contra la piedra y él respondía con el mismo gesto. A veces empezaba él; otras, yo. Un día le pregunté si aquello era alguna clase de señal secreta del lugar. «Solo si quieres quitarles la arena», respondió Niels. Pero su sonrisa dejaba clarísimo que aquello ya no iba solo de arena.
Me gustaba que no intentara hacerse el Casanova de la playa. Charlaba con naturalidad, me miraba directamente a los ojos y, de vez en cuando, me lanzaba una breve mirada de admiración que me recordaba de golpe que estaba allí delante de él sin nada de ropa. Lo más gracioso era darme cuenta de cómo estaba cambiando mi propio comportamiento. Empecé a entretenerme un poco más junto al agua, a arreglarme el pelo aunque ya estuviera mojado y a fingir que elegir un sitio para nadar justo al lado de su toalla era pura casualidad.
Y entonces llegó aquella ola absurda. Había dejado las chanclas justo por encima de la marca de la arena mojada y me había metido en el agua para enjuagarme los pies cuando una pequeña ola se llevó la izquierda. Se fue flotando por la orilla como un barquito al que le urgiera encontrar un nuevo hogar. Solté un gritito y salí corriendo detrás. Niels ya corría por la parte más alta de la playa, intentando interceptar la chancla fugitiva. Yo avanzaba por el agua poco profunda levantando mucho los pies, mientras él se acercaba por un lado. En un momento dado, los dos giramos exactamente a la vez, chocamos con los hombros y levantamos tal salpicón que cualquiera habría dicho que estábamos rescatando un barco a punto de hundirse y no una chancla barata de goma.
Niels la frenó con el pie y la recogió con una expresión de triunfo absoluto. Yo estaba delante de él, con el cuerpo empapado, el pelo algo revuelto y la respiración agitada por nuestra pequeña carrera. El agua me resbalaba por la piel y, de pronto, la brisa me recordó que no llevaba absolutamente nada puesto. Niels me entregó el premio, pero no pudo evitar sonreír. «Sabes, estoy empezando a pensar que dejas tus cosas cerca del agua a propósito para que yo salga corriendo detrás». Le dije que tenía una opinión bastante exagerada de sus dotes de socorrista. «Y, aun así, tú siempre te las arreglas para estar cerca», señaló.
Fue entonces cuando descubrimos lo más gracioso de toda la historia. Admití que me había fijado en su ritual de las chanclas hacía tiempo y que había empezado a imitarlo a propósito. Niels se rio y confesó que llevaba días esperando a ver si lo repetía. Por lo visto, los dos habíamos estado pendientes del otro, los dos nos habíamos inventado pequeñas excusas para coincidir y los dos habíamos dado por hecho que el otro estaba allí por pura casualidad. Lo miré y le dije: «¿O sea que de verdad llevamos todo este tiempo coqueteando a través de unas chanclas?». Él asintió. «Y, a juzgar por la actuación de hoy, con bastante éxito».
Volvimos a nuestras toallas, pero ya no quedaba aquella pequeña franja de arena entre nosotros. Niels propuso dar un paseo por la orilla antes de volver a casa. Acepté y caminamos uno al lado del otro, rozándonos los hombros de vez en cuando. Cuando llegó la hora de irnos, cada uno recogió sus chanclas y les dio dos golpecitos contra la piedra. Yo lo miré, él me miró y los dos nos echamos a reír.
Ahora tenemos nuestra propia señal para ponernos en marcha juntos. Aunque a veces todavía miro hacia donde está él antes de dar los golpecitos con las chanclas. Simplemente me gusta comprobar si mi socorrista de playa favorito está listo para otra emergencia.
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