Encontrar mi sitio en la playa naturista de Quend-Plage
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Ewelina: En su primera visita a Quend-Plage, una mujer camina hacia el sur por la playa mientras se pregunta si habrá entendido mal las indicaciones para llegar a la zona naturista. Cuando dos personas se marchan, encuentra un sitio con suficiente espacio alrededor y se desnuda, pero unos pequeños insectos voladores la empujan a meterse en el agua mientras pasan personas vestidas por la orilla. La incomodidad que esperaba nunca llega y, cuando emprende el regreso a casa, ya se pregunta cuándo podrá volver.
Ya caminaba hacia el sur por la arena cuando empecé a preguntarme si la zona naturista de Quend-Plage existía de verdad o si simplemente había interpretado mal las indicaciones con demasiada confianza. No dejaba de recorrer la playa con la mirada en busca de la más mínima pista útil, mientras intentaba no parecer alguien que estuviera llevando a cabo una operación de búsqueda a plena luz del día. Entonces vi a una persona practicando naturismo más adelante, y el simple hecho de ver a alguien con una indumentaria playera tan distinta me hizo soltar el aire. Al menos no me había ido hasta la costa equivocada.
Me acerqué a las dunas y empecé con el siguiente cálculo complicado: ¿qué distancia hay que dejar al colocar la toalla para no molestar? Cada sitio prometedor parecía estar demasiado cerca de las cosas de otra persona o tan lejos que elegirlo sería como anunciar mi llegada. Me quedé allí con la bolsa en la mano, fingiendo estudiar la orilla mientras en realidad medía límites invisibles. En la playa no había líneas pintadas, lo cual resultaba a la vez liberador y un poco inconveniente.
El problema se resolvió solo cuando dos naturistas sacudieron sus toallas, recogieron sus cosas y se marcharon. Al irse dejaron un hueco despejado, con suficiente arena entre las toallas vecinas para que pudiera instalarme sin sentir que me había colado en un pícnic privado. Me acerqué, extendí la toalla y retoqué cada esquina sin ninguna necesidad. Aquella pequeña ceremonia hizo que el sitio pareciera mío o, al menos, un lugar que tenía permiso para ocupar.
Me quité el bañador, me puse crema solar y esperé a que llegara aquella oleada de vergüenza que había previsto. Nunca llegó. No hubo ninguna pausa dramática en la playa, nadie se volvió a mirarme al unísono y ninguna voz desde las dunas proclamó que había suspendido el examen de acceso. Me tumbé y descubrí que me preocupaba más la cuestión práctica de si había dejado la crema solar al alcance de la mano que el hecho de no llevar ya bañador.
Durante un rato leí y descansé, y todo se volvió sorprendentemente normal. Entonces, unos cuantos insectos voladores diminutos empezaron a convertir mi trocito de arena en el lugar menos apetecible de todo el país. Me incorporé, agité las manos en el aire e intenté cambiar el libro de sitio antes de que los insectos se adueñaran también de él. Como aquello no sirvió de nada, me levanté y fui hacia el agua con el paso decidido de quien huye de un ejército diminuto y mal organizado.
Al llegar a la orilla, entré en el mar y avancé hasta que el agua me llegó a las rodillas. Me volví una vez hacia mi toalla y luego seguí caminando en paralelo a la costa, dejando que el movimiento resolviera el problema con más eficacia que todos mis manotazos de fastidio. El agua fresca me sentó de maravilla, y me di cuenta de que allí no me sentía más cohibida que en la arena. Pasaron cerca algunas personas que paseaban vestidas, y, por alguna razón, su ropa me pareció mucho menos relevante que los insectos.
Volví a la toalla, me sequé lo suficiente para sentarme a gusto y pasé la tarde alternando la lectura, el descanso y los paseos cortos por la playa. Quienes pasaban no se detenían, no hacían comentarios ni me convertían en el centro de atención; simplemente seguían su camino, que era justo la clase de indiferencia ajena que yo había deseado en secreto. De vez en cuando seguía pendiente de mis propios pensamientos, pero ya no me inquietaban tanto. El día había dejado de ser una prueba de valor para convertirse en una tarde agradable con una población de insectos inesperadamente activa.
Cuando llegó la hora de irme, recogí mis cosas y miré una vez más el espacio entre las dunas y la orilla. Mi primera visita había empezado buscando pruebas de que estaba en el lugar correcto y terminaba preguntándome cuándo podría volver. Caminé hasta el coche, lista para regresar a casa, con el mismo bañador con el que había llegado, pero con mucha menos ansiedad a cuestas. La playa no había hecho ningún drama por mi presencia, y decidí que yo tampoco lo haría.
Me acerqué a las dunas y empecé con el siguiente cálculo complicado: ¿qué distancia hay que dejar al colocar la toalla para no molestar? Cada sitio prometedor parecía estar demasiado cerca de las cosas de otra persona o tan lejos que elegirlo sería como anunciar mi llegada. Me quedé allí con la bolsa en la mano, fingiendo estudiar la orilla mientras en realidad medía límites invisibles. En la playa no había líneas pintadas, lo cual resultaba a la vez liberador y un poco inconveniente.
El problema se resolvió solo cuando dos naturistas sacudieron sus toallas, recogieron sus cosas y se marcharon. Al irse dejaron un hueco despejado, con suficiente arena entre las toallas vecinas para que pudiera instalarme sin sentir que me había colado en un pícnic privado. Me acerqué, extendí la toalla y retoqué cada esquina sin ninguna necesidad. Aquella pequeña ceremonia hizo que el sitio pareciera mío o, al menos, un lugar que tenía permiso para ocupar.
Me quité el bañador, me puse crema solar y esperé a que llegara aquella oleada de vergüenza que había previsto. Nunca llegó. No hubo ninguna pausa dramática en la playa, nadie se volvió a mirarme al unísono y ninguna voz desde las dunas proclamó que había suspendido el examen de acceso. Me tumbé y descubrí que me preocupaba más la cuestión práctica de si había dejado la crema solar al alcance de la mano que el hecho de no llevar ya bañador.
Durante un rato leí y descansé, y todo se volvió sorprendentemente normal. Entonces, unos cuantos insectos voladores diminutos empezaron a convertir mi trocito de arena en el lugar menos apetecible de todo el país. Me incorporé, agité las manos en el aire e intenté cambiar el libro de sitio antes de que los insectos se adueñaran también de él. Como aquello no sirvió de nada, me levanté y fui hacia el agua con el paso decidido de quien huye de un ejército diminuto y mal organizado.
Al llegar a la orilla, entré en el mar y avancé hasta que el agua me llegó a las rodillas. Me volví una vez hacia mi toalla y luego seguí caminando en paralelo a la costa, dejando que el movimiento resolviera el problema con más eficacia que todos mis manotazos de fastidio. El agua fresca me sentó de maravilla, y me di cuenta de que allí no me sentía más cohibida que en la arena. Pasaron cerca algunas personas que paseaban vestidas, y, por alguna razón, su ropa me pareció mucho menos relevante que los insectos.
Volví a la toalla, me sequé lo suficiente para sentarme a gusto y pasé la tarde alternando la lectura, el descanso y los paseos cortos por la playa. Quienes pasaban no se detenían, no hacían comentarios ni me convertían en el centro de atención; simplemente seguían su camino, que era justo la clase de indiferencia ajena que yo había deseado en secreto. De vez en cuando seguía pendiente de mis propios pensamientos, pero ya no me inquietaban tanto. El día había dejado de ser una prueba de valor para convertirse en una tarde agradable con una población de insectos inesperadamente activa.
Cuando llegó la hora de irme, recogí mis cosas y miré una vez más el espacio entre las dunas y la orilla. Mi primera visita había empezado buscando pruebas de que estaba en el lugar correcto y terminaba preguntándome cuándo podría volver. Caminé hasta el coche, lista para regresar a casa, con el mismo bañador con el que había llegado, pero con mucha menos ansiedad a cuestas. La playa no había hecho ningún drama por mi presencia, y decidí que yo tampoco lo haría.
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