El reencuentro con nuestra herradura de guijarros favorita
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Kalina: Kalina vuelve con su pareja a su playa naturista habitual en un concurrido día festivo y reconoce, entre las muchas herraduras de guijarros de la orilla, aquella que ambas recordaban.
Caminaba junto a mi pareja por nuestra playa naturista de siempre, interesándome más de la cuenta por un montón de piedras. Había gente por toda la orilla porque era festivo, pero yo me fijaba en los pequeños recintos de guijarros. Entre todas aquellas herraduras había una que ya conocíamos. Al parecer, una puede estar de lo más tranquila en una playa llena de gente desnuda y aun así emocionarse por encontrar dos veces el mismo trocito de terreno.
Nuestros hijos estaban de visita con unos familiares, así que habíamos aprovechado para pasar otro día de playa juntas. Ninguna de las dos se estaba iniciando en el naturismo, ni habíamos ido con nada que demostrar. Ya nos gustaba aquella playa, mayoritariamente naturista; volver era la opción más sencilla. Me apetecía un plan conocido, con mi pareja a mi lado y sin tener que conseguir nada en particular para dar el día por bueno.
El festivo había atraído a muchas otras parejas y grupos familiares, y había adultos repartidos por la playa a nuestro alrededor. Nadie participaba en nuestra pequeña búsqueda, ni siquiera sabía que yo había empezado a tener preferencias sobre cómo colocar los guijarros. Simplemente caminábamos juntas, observando aquellas curvas de piedra a ras de suelo. Había mucha gente, pero eso no nos suponía ningún problema, algo que me venía mucho mejor que tener que cambiar de plan.
Había muchos de aquellos recintos, no solo el que recordábamos. La gente había recogido piedras que el mar había dejado en la orilla y las había dispuesto en forma de herradura, dejando una abertura en un lado. Al mirar a lo largo de la playa, veía la misma idea sencilla repetida con curvas ligeramente distintas. Nada grandioso, nada que se pudiera reservar, solo pequeños espacios que alguien había creado con lo que ya tenía bajo los pies. Me gustaban todos, aunque estaba claro que tenía uno favorito.
Entonces me detuve, me volví hacia una de las herraduras y la señalé. Mi pareja se volvió conmigo, y allí estaba: el pequeño recinto que habíamos encontrado la otra vez. «Es ese, ¿verdad?», dije, contenta incluso antes de que me respondiera. «Sí, es ese», contestó. No nos apresuramos a acercarnos ni hacía falta adelantarse a nadie para ocuparlo; simplemente habíamos reconocido nuestro rincón, y yo sonreía de oreja a oreja ante una hilera baja de guijarros.
Llamarlo nuestro rincón hace que parezca bastante más oficial de lo que era. No lo habíamos construido nosotras, aquel día tampoco estábamos construyendo nada y encontrarlo no nos daba ningún derecho sobre ese pedazo de playa. Era simplemente el que recordábamos entre todas las demás herraduras. Aun así, disfruté de aquel pequeño momento de reconocimiento compartido con ella, sobre todo porque las dos sabíamos qué estábamos mirando sin necesidad de mantener una larga conversación sobre piedras.
De cerca, seguía siendo un pequeño recinto hecho con guijarros corrientes que el mar había arrastrado hasta la orilla, uno más de los muchos que se extendían por la playa. En realidad, ese era su encanto: alguien se había tomado la molestia de darles una forma sencilla y útil, y habíamos tenido la suerte de volver a encontrar la que conocíamos. Miramos su curva y luego las de alrededor. No habría sabido explicar de forma convincente por qué aquella herradura en concreto me hacía más ilusión, pero allí estaba yo, ilusionada de todos modos.
Nada interrumpió el hallazgo, y nadie nos puso pegas ni nos pidió que nos moviéramos. La jornada festiva de playa seguía su curso a nuestro alrededor mientras disfrutábamos de haber encontrado justo lo que recordábamos. Habíamos vuelto para pasar otro día tranquilo juntas, y aquel pequeño golpe de suerte encajaba a la perfección en el plan. Mi pareja me miró, yo volví a mirar las piedras y tuve que admitir que encontrar nuestra pequeña herradura favorita ya era todo un logro para mí.
Nuestros hijos estaban de visita con unos familiares, así que habíamos aprovechado para pasar otro día de playa juntas. Ninguna de las dos se estaba iniciando en el naturismo, ni habíamos ido con nada que demostrar. Ya nos gustaba aquella playa, mayoritariamente naturista; volver era la opción más sencilla. Me apetecía un plan conocido, con mi pareja a mi lado y sin tener que conseguir nada en particular para dar el día por bueno.
El festivo había atraído a muchas otras parejas y grupos familiares, y había adultos repartidos por la playa a nuestro alrededor. Nadie participaba en nuestra pequeña búsqueda, ni siquiera sabía que yo había empezado a tener preferencias sobre cómo colocar los guijarros. Simplemente caminábamos juntas, observando aquellas curvas de piedra a ras de suelo. Había mucha gente, pero eso no nos suponía ningún problema, algo que me venía mucho mejor que tener que cambiar de plan.
Había muchos de aquellos recintos, no solo el que recordábamos. La gente había recogido piedras que el mar había dejado en la orilla y las había dispuesto en forma de herradura, dejando una abertura en un lado. Al mirar a lo largo de la playa, veía la misma idea sencilla repetida con curvas ligeramente distintas. Nada grandioso, nada que se pudiera reservar, solo pequeños espacios que alguien había creado con lo que ya tenía bajo los pies. Me gustaban todos, aunque estaba claro que tenía uno favorito.
Entonces me detuve, me volví hacia una de las herraduras y la señalé. Mi pareja se volvió conmigo, y allí estaba: el pequeño recinto que habíamos encontrado la otra vez. «Es ese, ¿verdad?», dije, contenta incluso antes de que me respondiera. «Sí, es ese», contestó. No nos apresuramos a acercarnos ni hacía falta adelantarse a nadie para ocuparlo; simplemente habíamos reconocido nuestro rincón, y yo sonreía de oreja a oreja ante una hilera baja de guijarros.
Llamarlo nuestro rincón hace que parezca bastante más oficial de lo que era. No lo habíamos construido nosotras, aquel día tampoco estábamos construyendo nada y encontrarlo no nos daba ningún derecho sobre ese pedazo de playa. Era simplemente el que recordábamos entre todas las demás herraduras. Aun así, disfruté de aquel pequeño momento de reconocimiento compartido con ella, sobre todo porque las dos sabíamos qué estábamos mirando sin necesidad de mantener una larga conversación sobre piedras.
De cerca, seguía siendo un pequeño recinto hecho con guijarros corrientes que el mar había arrastrado hasta la orilla, uno más de los muchos que se extendían por la playa. En realidad, ese era su encanto: alguien se había tomado la molestia de darles una forma sencilla y útil, y habíamos tenido la suerte de volver a encontrar la que conocíamos. Miramos su curva y luego las de alrededor. No habría sabido explicar de forma convincente por qué aquella herradura en concreto me hacía más ilusión, pero allí estaba yo, ilusionada de todos modos.
Nada interrumpió el hallazgo, y nadie nos puso pegas ni nos pidió que nos moviéramos. La jornada festiva de playa seguía su curso a nuestro alrededor mientras disfrutábamos de haber encontrado justo lo que recordábamos. Habíamos vuelto para pasar otro día tranquilo juntas, y aquel pequeño golpe de suerte encajaba a la perfección en el plan. Mi pareja me miró, yo volví a mirar las piedras y tuve que admitir que encontrar nuestra pequeña herradura favorita ya era todo un logro para mí.
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