Serena: Serena llega a una playa naturista con su novio y cuatro amigos de toda la vida, sin saber si se atreverá a bañarse desnuda con ellos. En menos de dos minutos, los seis están en el agua, y la experiencia marca el resto de sus vacaciones.
Estaba devolviendo el saludo a una familia desnuda que iba en un velero cuando me di cuenta de que nuestra parada en la playa quizá implicara algo más que elegir dónde poner las toallas. Habíamos alquilado una pequeña embarcación al cuarto día de vacaciones: tres parejas de toda la vida que por fin conseguían llegar a playas de difícil acceso por otros medios. Ahora llegábamos a Cala Trebaluger, donde estaba claro que bañarse sin bañador no era ninguna declaración de intenciones. Eso lo veía perfectamente; otra cosa era si yo podría hacerlo con naturalidad delante de nuestros amigos.
Había unas treinta personas en la playa y varias embarcaciones cerca, así que no era ningún rincón solitario que hubiéramos descubierto por nuestra cuenta. La familia que nos saludó parecía tan relajada como los demás, y yo les devolví el saludo con bastante más cautela de la que requiere mover la mano. Conocíamos a nuestros amigos desde hacía años, lo que debería haberlo hecho todo más fácil. Sin embargo, estaba descubriendo que había una pequeña distancia entre sentirme a gusto con ellos y estar preparada para quitarme el bañador delante de todos.
Una de nuestras amigas miró hacia el agua y propuso que nos bañáramos todos desnudos. No más tarde ni en otra parada más tranquila: allí, juntos, como si fuera lo más normal del mundo. «¿Y si dejamos los bañadores?», dijo. Yo aún intentaba averiguar si la risa con la que había respondido significaba que sí cuando mi novio y nuestra otra amiga también se echaron a reír, con bastante menos incertidumbre.
Se quitaron la ropa y se metieron en el agua sin esperar a que los demás nos decidiéramos. Mi novio ni siquiera se volvió para ver qué cara ponía yo, lo cual fue una suerte, porque todavía no me había decidido por ninguna expresión. A mi lado, nuestros dos amigos parecían igual de sorprendidos y, de pronto, menos seguros de sí mismos. Habíamos conseguido organizar entre seis el alquiler de una embarcación, pero un simple baño había podido por un momento con tres de nosotros.
Sus primeros chapoteos hicieron que la distancia entre quedarse allí de pie y estar nadando pareciera ridículamente corta. Yo quería estar en el agua con ellos, no seguir ensayando mentalmente lo extraños que podían resultar los primeros pasos. Me desnudé, entré por la orilla y luego me incliné hacia delante para dar la primera brazada, levantando una pequeña salpicadura a mi lado. No habían pasado ni dos minutos desde la propuesta y los seis estábamos en el agua, incluida la amiga que había tenido la idea y los dos hombres que habían dudado a mi lado.
Durante las primeras brazadas seguí siendo terriblemente consciente de que aquello era distinto, aunque nadar no hubiera cambiado en absoluto. Entonces me volví hacia mi novio y lo vi sonriéndome a poca distancia. «¿Vienes hacia aquí?», me preguntó, y nadé hacia él en lugar de quedarme allí intentando componer una respuesta sensata. Fue un alivio tener algo normal que hacer con los brazos en vez de preguntarme dónde ponerlos.
Los nervios se disiparon en cuestión de minutos, no gracias a una gran conversación tranquilizadora, sino porque todos estábamos disfrutando del mismo baño. Dejé de comprobar a qué distancia estaban los demás y empecé a notar lo agradable que estaba el agua. Nuestro grupo de siempre seguía siendo el de siempre; no se había vuelto difícil hablar con nadie por el simple hecho de habernos quitado la ropa. Había una cercanía preciosa en estar allí juntos, sobre todo al darme cuenta de que aquel pequeño ataque de pánico no había durado lo suficiente como para estropear nada.
Durante el resto de la semana seguimos disfrutando de las playas desnudos siempre que era apropiado, y dejó de hacer falta anunciar que íbamos a quitarnos la ropa. Ya no tenía que repetir las negociaciones conmigo misma de aquel primer baño cada vez que pisábamos la arena. Al final de las vacaciones me resultaba cómodo, de lo más normal: era, sencillamente, nuestra manera de pasar juntos los días de playa. Habíamos alquilado la embarcación para llegar más fácilmente a las playas; por lo visto, una vez allí, yo solo necesitaba dos minutos para sumarme a los demás.
Había unas treinta personas en la playa y varias embarcaciones cerca, así que no era ningún rincón solitario que hubiéramos descubierto por nuestra cuenta. La familia que nos saludó parecía tan relajada como los demás, y yo les devolví el saludo con bastante más cautela de la que requiere mover la mano. Conocíamos a nuestros amigos desde hacía años, lo que debería haberlo hecho todo más fácil. Sin embargo, estaba descubriendo que había una pequeña distancia entre sentirme a gusto con ellos y estar preparada para quitarme el bañador delante de todos.
Una de nuestras amigas miró hacia el agua y propuso que nos bañáramos todos desnudos. No más tarde ni en otra parada más tranquila: allí, juntos, como si fuera lo más normal del mundo. «¿Y si dejamos los bañadores?», dijo. Yo aún intentaba averiguar si la risa con la que había respondido significaba que sí cuando mi novio y nuestra otra amiga también se echaron a reír, con bastante menos incertidumbre.
Se quitaron la ropa y se metieron en el agua sin esperar a que los demás nos decidiéramos. Mi novio ni siquiera se volvió para ver qué cara ponía yo, lo cual fue una suerte, porque todavía no me había decidido por ninguna expresión. A mi lado, nuestros dos amigos parecían igual de sorprendidos y, de pronto, menos seguros de sí mismos. Habíamos conseguido organizar entre seis el alquiler de una embarcación, pero un simple baño había podido por un momento con tres de nosotros.
Sus primeros chapoteos hicieron que la distancia entre quedarse allí de pie y estar nadando pareciera ridículamente corta. Yo quería estar en el agua con ellos, no seguir ensayando mentalmente lo extraños que podían resultar los primeros pasos. Me desnudé, entré por la orilla y luego me incliné hacia delante para dar la primera brazada, levantando una pequeña salpicadura a mi lado. No habían pasado ni dos minutos desde la propuesta y los seis estábamos en el agua, incluida la amiga que había tenido la idea y los dos hombres que habían dudado a mi lado.
Durante las primeras brazadas seguí siendo terriblemente consciente de que aquello era distinto, aunque nadar no hubiera cambiado en absoluto. Entonces me volví hacia mi novio y lo vi sonriéndome a poca distancia. «¿Vienes hacia aquí?», me preguntó, y nadé hacia él en lugar de quedarme allí intentando componer una respuesta sensata. Fue un alivio tener algo normal que hacer con los brazos en vez de preguntarme dónde ponerlos.
Los nervios se disiparon en cuestión de minutos, no gracias a una gran conversación tranquilizadora, sino porque todos estábamos disfrutando del mismo baño. Dejé de comprobar a qué distancia estaban los demás y empecé a notar lo agradable que estaba el agua. Nuestro grupo de siempre seguía siendo el de siempre; no se había vuelto difícil hablar con nadie por el simple hecho de habernos quitado la ropa. Había una cercanía preciosa en estar allí juntos, sobre todo al darme cuenta de que aquel pequeño ataque de pánico no había durado lo suficiente como para estropear nada.
Durante el resto de la semana seguimos disfrutando de las playas desnudos siempre que era apropiado, y dejó de hacer falta anunciar que íbamos a quitarnos la ropa. Ya no tenía que repetir las negociaciones conmigo misma de aquel primer baño cada vez que pisábamos la arena. Al final de las vacaciones me resultaba cómodo, de lo más normal: era, sencillamente, nuestra manera de pasar juntos los días de playa. Habíamos alquilado la embarcación para llegar más fácilmente a las playas; por lo visto, una vez allí, yo solo necesitaba dos minutos para sumarme a los demás.
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