Fenna: Pasé treinta minutos preparándome para desnudarme en una playa de las islas Canarias, solo para descubrir que la sonrisa de una mujer me ponía mucho más nerviosa que quitarme la ropa.
«Ya puedes dejar eso», dijo Mara, señalando con la cabeza el bote de protector solar que sostenía delante de mi vientre desnudo. «A menos que sea lo que te mantiene en pie». Lo bajé y enseguida deseé tener alguna otra cosa que hacer con las manos. Después de treinta minutos de indecisión, había tardado unos diez segundos en desnudarme. Al parecer, que la mujer de la toalla de al lado se fijara en mí iba a requerir su propio periodo de adaptación.
«Normalmente se me da mucho mejor estar de pie», le dije. Mara cerró el libro de bolsillo dejando un dedo entre las páginas. Ella también estaba desnuda, completamente a gusto, y sonreía como si ya compartiéramos una broma. «Lo de mover la toalla te ha salido de maravilla», dijo. «A conciencia». Así que se había dado cuenta. De cada pequeño cambio de sitio, cada inspección de la arena, cada innecesaria aplicación de protector de factor cincuenta. Bajé la mirada al bote. «Esperaba que esa parte hubiera pasado desapercibida».
Había llegado decidida a probar el naturismo y luego me había pasado media hora buscando motivos para no empezar. A nuestro alrededor, otros adultos leían, charlaban y se acercaban al agua sin mostrar el menor interés por mis preparativos. Había alisado la toalla tres veces y protegido mis codos con tanto esmero que probablemente habrían resistido una semana a la intemperie. El primer comentario de Mara había conseguido por fin que me riera lo suficiente como para quitarme la ropa. Por desgracia, no había pensado en lo que venía después.
«¿Es tu primera vez?», preguntó. «¿Me delata lo tranquila y experimentada que parezco?». Se rio y se hizo a un lado en la toalla, dando pie a seguir hablando sin hacerme señas para que me acercara. Eso me gustó. También me gustó su sonrisa, lo cual complicaba las cosas. Un momento antes, me preocupaba que alguien pudiera mirarme. Ahora intentaba averiguar si quería que esa mujer en particular volviera a hacerlo. Me puse una mano en la cadera, me sentí absurdamente ceremoniosa y la quité. Mara tuvo la cortesía de fingir que no se daba cuenta.
«Voy a darme un baño», anuncié, con bastante más autoridad de la que exigía la ocasión. «Estupendo», dijo. «Te acompaño, si te apetece». Dije que sí demasiado deprisa y luego me agaché para guardar el protector solar. Con los dedos resbaladizos, apreté el bote contra la rodilla. Un chorro blanco salió disparado y dejó una raya en la toalla. Las dos nos quedamos mirándola. «Esa zona estaba peligrosamente desprotegida», dijo Mara. Me entró la risa tan de golpe que tuve que sentarme, desnuda en la arena, todavía aferrada al bote culpable del desastre.
Sacó un pañuelo de papel de su bolsa y me lo pasó, y entre las dos limpiamos mi pequeño y costoso derrame. Arrodillada frente a ella, dejé de preocuparme por mi postura y empecé a preocuparme por no mancharle el libro de protector solar. Cuando le devolví los pañuelos, nuestros dedos se rozaron un instante. No pasó nada espectacular; sencillamente, me hice muy consciente de lo cerca que estaba. «Ya está», dijo. «¿Lista?». Esta vez dejé el bote allí. Caminamos juntas hacia la zona de aguas poco profundas y resistí el impulso de cruzar los brazos para taparme.
En la orilla, una pequeña ola nos bañó los tobillos con agua fría. Solté un ruido que prefiero no describir y Mara puso cara de regocijo. «¿Sigues queriendo entrar?». «Por supuesto. Ya me he comprometido varias veces en público». Me ofreció la mano para ayudarme a avanzar por la arena irregular bajo el agua. La cogí y seguimos adentrándonos hasta que la siguiente ola nos hizo soltar un grito ahogado a las dos. Al volver la vista, vi mi ropa abandonada junto a la toalla. Parecía estar sorprendentemente lejos. Mara seguía cogiéndome de la mano, con suficiente suavidad como para que pudiera soltarme. No lo hice.
Nos quedamos en el agua hasta que el frío empezó a resultar agradable, hablando de su libro y de mi espectacular incapacidad para dar comienzo a una tarde de relax. En el camino de vuelta, me descubrí siguiendo su paso tranquilo en lugar de apresurarme a buscar algo con lo que taparme. Al llegar a mi toalla, me preguntó si quería sentarme un rato con ella. Recogí el protector solar, vi su expresión y se lo tendí. «Solo si prometes no cronometrarme». Mara extendió un poco más su toalla. «Tengo toda la tarde».
«Normalmente se me da mucho mejor estar de pie», le dije. Mara cerró el libro de bolsillo dejando un dedo entre las páginas. Ella también estaba desnuda, completamente a gusto, y sonreía como si ya compartiéramos una broma. «Lo de mover la toalla te ha salido de maravilla», dijo. «A conciencia». Así que se había dado cuenta. De cada pequeño cambio de sitio, cada inspección de la arena, cada innecesaria aplicación de protector de factor cincuenta. Bajé la mirada al bote. «Esperaba que esa parte hubiera pasado desapercibida».
Había llegado decidida a probar el naturismo y luego me había pasado media hora buscando motivos para no empezar. A nuestro alrededor, otros adultos leían, charlaban y se acercaban al agua sin mostrar el menor interés por mis preparativos. Había alisado la toalla tres veces y protegido mis codos con tanto esmero que probablemente habrían resistido una semana a la intemperie. El primer comentario de Mara había conseguido por fin que me riera lo suficiente como para quitarme la ropa. Por desgracia, no había pensado en lo que venía después.
«¿Es tu primera vez?», preguntó. «¿Me delata lo tranquila y experimentada que parezco?». Se rio y se hizo a un lado en la toalla, dando pie a seguir hablando sin hacerme señas para que me acercara. Eso me gustó. También me gustó su sonrisa, lo cual complicaba las cosas. Un momento antes, me preocupaba que alguien pudiera mirarme. Ahora intentaba averiguar si quería que esa mujer en particular volviera a hacerlo. Me puse una mano en la cadera, me sentí absurdamente ceremoniosa y la quité. Mara tuvo la cortesía de fingir que no se daba cuenta.
«Voy a darme un baño», anuncié, con bastante más autoridad de la que exigía la ocasión. «Estupendo», dijo. «Te acompaño, si te apetece». Dije que sí demasiado deprisa y luego me agaché para guardar el protector solar. Con los dedos resbaladizos, apreté el bote contra la rodilla. Un chorro blanco salió disparado y dejó una raya en la toalla. Las dos nos quedamos mirándola. «Esa zona estaba peligrosamente desprotegida», dijo Mara. Me entró la risa tan de golpe que tuve que sentarme, desnuda en la arena, todavía aferrada al bote culpable del desastre.
Sacó un pañuelo de papel de su bolsa y me lo pasó, y entre las dos limpiamos mi pequeño y costoso derrame. Arrodillada frente a ella, dejé de preocuparme por mi postura y empecé a preocuparme por no mancharle el libro de protector solar. Cuando le devolví los pañuelos, nuestros dedos se rozaron un instante. No pasó nada espectacular; sencillamente, me hice muy consciente de lo cerca que estaba. «Ya está», dijo. «¿Lista?». Esta vez dejé el bote allí. Caminamos juntas hacia la zona de aguas poco profundas y resistí el impulso de cruzar los brazos para taparme.
En la orilla, una pequeña ola nos bañó los tobillos con agua fría. Solté un ruido que prefiero no describir y Mara puso cara de regocijo. «¿Sigues queriendo entrar?». «Por supuesto. Ya me he comprometido varias veces en público». Me ofreció la mano para ayudarme a avanzar por la arena irregular bajo el agua. La cogí y seguimos adentrándonos hasta que la siguiente ola nos hizo soltar un grito ahogado a las dos. Al volver la vista, vi mi ropa abandonada junto a la toalla. Parecía estar sorprendentemente lejos. Mara seguía cogiéndome de la mano, con suficiente suavidad como para que pudiera soltarme. No lo hice.
Nos quedamos en el agua hasta que el frío empezó a resultar agradable, hablando de su libro y de mi espectacular incapacidad para dar comienzo a una tarde de relax. En el camino de vuelta, me descubrí siguiendo su paso tranquilo en lugar de apresurarme a buscar algo con lo que taparme. Al llegar a mi toalla, me preguntó si quería sentarme un rato con ella. Recogí el protector solar, vi su expresión y se lo tendí. «Solo si prometes no cronometrarme». Mara extendió un poco más su toalla. «Tengo toda la tarde».
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