Iris: De camino a un baño nudista solidario, una mujer adulta que venía por primera vez confesó que nunca había estado desnuda delante de otras personas. Después de nadar con nosotros, salió del agua encantada y sin ganas de vestirse. Una pregunta sobre su vestido ligero dejó claro cuánto había cambiado desde el paseo hasta la playa.
Ni siquiera habíamos llegado al lugar del baño nudista solidario cuando la mujer que caminaba a mi lado confesó que nunca había estado desnuda delante de otras personas. Soltó una risita nerviosa mientras avanzaba hacia la playa con nuestro pequeño grupo de naturistas con experiencia. Yo esperaba un baño de lo más normal por una buena causa, no una conversación sobre la primera vez que alguien se desnuda en público. Sin embargo, para cuando nos marchamos, resultó que quitarse la ropa había sido la parte fácil.
Me explicó que había crecido en una casa donde la desnudez estaba terminantemente prohibida, no era simplemente algo que se reservaba para la intimidad. Aquella mujer adulta había decidido probar algo completamente desconocido para ella, mientras yo caminaba pensando sobre todo en meterme en el agua. «Todo esto es muy nuevo para mí», dijo, con otra risita. De pronto sentí que no tenía demasiados recursos para afrontar aquella conversación, aunque para el baño lo llevaba todo preparado.
La escuché mientras seguíamos con los demás hacia el punto de salida. Estar sin ropa en un encuentro naturista era algo habitual para mí, pero eso no convertía sus nervios en una tontería, y no quería restarles importancia con unas cuantas frases despreocupadas. No me estaba pidiendo que la convenciera ni que decidiera por ella. Seguí caminando a su lado, dejándole espacio para hablar sin convertir su primera visita en un asunto de todo el grupo.
Cuando llegamos a la arena, se quitó la ropa. No hubo ningún anuncio solemne; simplemente se desvistió, se apartó del montón de ropa y se encontró de pie, desnuda en la playa con el resto del grupo. Su risita nerviosa dio paso a una risa mucho más relajada, y se la veía realmente contenta. Yo también me desnudé, con el discreto alivio de no haber llenado el paseo de consejos que no había necesitado.
Lo que me llamó la atención fue lo rápido que empezó a disfrutar una vez que aquello que tanto le preocupaba se hizo realidad. Seguíamos en el mismo baño solidario, entre gente que se preparaba para entrar en el mar, pero ella ya no parecía pendiente de estar sin ropa. Yo ya conocía aquella sensación de comodidad; verla descubrirla fue lo inesperado de mi mañana. No había nada de lo que tuviera que ocuparme, y seguramente era mejor así.
Entramos en el agua con los demás participantes y empezamos a nadar en el baño solidario. Di la siguiente brazada entre las salpicaduras, y la conversación cedió paso de forma natural a nadar y respirar. Ella estaba participando con nosotros, en vez de quedarse en la arena preguntándose si sería capaz. Por mi parte, ahora me concentraba en nadar, en lugar de intentar pensar en algo tranquilizador y acabar sonando, sin querer, como un folleto.
Después salió del agua entre las salpicaduras de la orilla, con una expresión de absoluta alegría. Yo también llegué a la playa y, mientras volvíamos hacia nuestra ropa, el contraste con el camino de ida era imposible de pasar por alto. Ella no tenía ninguna prisa por vestirse. La mujer a la que le había puesto nerviosa quitarse la ropa ahora parecía considerar que volver a ponérsela era la parte decepcionante del encuentro.
Al final se puso el vestido ligero que había traído para marcharse, aunque estaba claro que la idea de vestirse no le hacía ninguna ilusión. Bajó la mirada hacia el vestido y me preguntó: «¿Se sigue notando que voy desnuda debajo?». Era una pregunta, no una revelación sobre su atuendo, y yo no iba a convertirla en una inspección. Entonces dijo que preferiría seguir sin ropa, y no pude evitar sonreír ante aquel cambio. Habíamos terminado el baño, ella ya estaba vestida para marcharse y, de algún modo, la ropa con la que había llegado se había convertido en lo que menos le apetecía de todo el día.
Me explicó que había crecido en una casa donde la desnudez estaba terminantemente prohibida, no era simplemente algo que se reservaba para la intimidad. Aquella mujer adulta había decidido probar algo completamente desconocido para ella, mientras yo caminaba pensando sobre todo en meterme en el agua. «Todo esto es muy nuevo para mí», dijo, con otra risita. De pronto sentí que no tenía demasiados recursos para afrontar aquella conversación, aunque para el baño lo llevaba todo preparado.
La escuché mientras seguíamos con los demás hacia el punto de salida. Estar sin ropa en un encuentro naturista era algo habitual para mí, pero eso no convertía sus nervios en una tontería, y no quería restarles importancia con unas cuantas frases despreocupadas. No me estaba pidiendo que la convenciera ni que decidiera por ella. Seguí caminando a su lado, dejándole espacio para hablar sin convertir su primera visita en un asunto de todo el grupo.
Cuando llegamos a la arena, se quitó la ropa. No hubo ningún anuncio solemne; simplemente se desvistió, se apartó del montón de ropa y se encontró de pie, desnuda en la playa con el resto del grupo. Su risita nerviosa dio paso a una risa mucho más relajada, y se la veía realmente contenta. Yo también me desnudé, con el discreto alivio de no haber llenado el paseo de consejos que no había necesitado.
Lo que me llamó la atención fue lo rápido que empezó a disfrutar una vez que aquello que tanto le preocupaba se hizo realidad. Seguíamos en el mismo baño solidario, entre gente que se preparaba para entrar en el mar, pero ella ya no parecía pendiente de estar sin ropa. Yo ya conocía aquella sensación de comodidad; verla descubrirla fue lo inesperado de mi mañana. No había nada de lo que tuviera que ocuparme, y seguramente era mejor así.
Entramos en el agua con los demás participantes y empezamos a nadar en el baño solidario. Di la siguiente brazada entre las salpicaduras, y la conversación cedió paso de forma natural a nadar y respirar. Ella estaba participando con nosotros, en vez de quedarse en la arena preguntándose si sería capaz. Por mi parte, ahora me concentraba en nadar, en lugar de intentar pensar en algo tranquilizador y acabar sonando, sin querer, como un folleto.
Después salió del agua entre las salpicaduras de la orilla, con una expresión de absoluta alegría. Yo también llegué a la playa y, mientras volvíamos hacia nuestra ropa, el contraste con el camino de ida era imposible de pasar por alto. Ella no tenía ninguna prisa por vestirse. La mujer a la que le había puesto nerviosa quitarse la ropa ahora parecía considerar que volver a ponérsela era la parte decepcionante del encuentro.
Al final se puso el vestido ligero que había traído para marcharse, aunque estaba claro que la idea de vestirse no le hacía ninguna ilusión. Bajó la mirada hacia el vestido y me preguntó: «¿Se sigue notando que voy desnuda debajo?». Era una pregunta, no una revelación sobre su atuendo, y yo no iba a convertirla en una inspección. Entonces dijo que preferiría seguir sin ropa, y no pude evitar sonreír ante aquel cambio. Habíamos terminado el baño, ella ya estaba vestida para marcharse y, de algún modo, la ropa con la que había llegado se había convertido en lo que menos le apetecía de todo el día.
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